Buenaventura
es mucho más que un puerto. Es una puerta de Colombia hacia el Pacífico, un
punto estratégico para el comercio internacional y uno de los motores de la
economía nacional. Sin embargo, detrás de los contenedores, las mercancías y
las operaciones portuarias existe una realidad social que exige respuestas
concretas. Por eso, el llamado de la gobernadora del Valle del Cauca, Dilian
Francisca Toro, a abrir un debate urgente sobre las necesidades del distrito,
su puerto y su gente, pone sobre la mesa una discusión que el país no puede
seguir aplazando.
La
mandataria ha advertido sobre problemas estructurales como las limitaciones del
canal de acceso, las deficiencias del acueducto y los retrasos en las obras
viales. A esto se suma la controversia por el cobro establecido por la Alcaldía
distrital al transporte de carga y a las operaciones portuarias, una medida
que, según los sectores críticos, podría incrementar los costos logísticos y
afectar la competitividad. La discusión debe darse con argumentos técnicos,
transparencia y participación de todos los sectores, porque financiar las obras
necesarias es importante, pero también lo es evaluar quién termina pagando la
factura y cuáles serán los beneficios reales para la comunidad.
Pero
cuidado: el debate no puede quedarse únicamente en las tarifas, los costos del
transporte o la rentabilidad de las operaciones portuarias. La verdadera
pregunta es cuánto del potencial económico de Buenaventura se está traduciendo
en bienestar para sus habitantes. Porque de poco sirve que por sus terminales
circule una parte fundamental del comercio exterior colombiano si muchas
familias siguen esperando mejores servicios públicos, oportunidades de empleo,
infraestructura digna y condiciones de vida que respondan a las necesidades de
una ciudad estratégica para el país.
Buenaventura
necesita una visión integral. Se requieren inversiones, vías modernas, un
acueducto eficiente, mayor competitividad portuaria y proyectos sociales que
permitan cerrar brechas históricas. También se necesita coordinación entre el
Gobierno nacional, la Gobernación, la Alcaldía, el sector privado y las
comunidades. Ningún actor, por sí solo, podrá resolver desafíos de esta
magnitud.
El
llamado de la gobernadora debe convertirse, entonces, en una oportunidad para
pasar de las declaraciones a los compromisos verificables. Es necesario
establecer prioridades, definir fuentes de financiación, fijar cronogramas y
rendir cuentas sobre los recursos destinados al desarrollo del distrito. Cada
decisión debe responder a una pregunta esencial: ¿cómo mejora la vida de los
bonaverenses?
Buenaventura
no puede ser importante solamente cuando se habla de exportaciones,
importaciones o recaudo. Su gente debe ocupar el centro de las decisiones. El
desarrollo portuario y el desarrollo social no pueden caminar por senderos
separados; tienen que complementarse.
Porque
el verdadero progreso de Buenaventura no se mide únicamente en toneladas de
carga movilizada, sino también en oportunidades creadas, servicios mejorados y
familias que puedan vivir con dignidad.
Colombia
necesita un puerto competitivo, sí, pero también una Buenaventura próspera,
incluyente y con futuro para su gente. Ese es el debate que vale la pena abrir
y, sobre todo, el compromiso que las instituciones deben cumplir.

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